Siempre me he preguntado qué se siente estar entre el rugir de los motores y esa sensación eléctrica que hace que se te erice la piel. Bueno, aquí les cuento mi experiencia.

Son las 9 de la mañana. Al fin llegó el gran día. Hace semanas había pensado sumar una nueva aventura en mi vida: practicar o, al menos, acercarme al motocross. Un deporte que nace como una forma de imitar las competencias por senderos realizadas a caballo o a pie y que en los años 30 tiene a sus primeros exponentes en Holanda, para posteriormente ramificarse por Europa y el mundo.

La idea de sentir el rugir de los motores y ver cómo estos “caballos” metálicos hacen de las suyas en un terreno complicado y a gran velocidad; siempre me llamó la atención. Por eso, no dude la invitación que me hizo Juan Pablo Bardavid, quien, a sus 22 años, sueña con representar a Chile en las mejores pistas del mundo.

Tras 30 minutos en auto, llegamos hasta el Círculo de Motocross, ubicada en la Ruta 5 Norte con la Autopista Nororiente. Pese a que estamos en pleno invierno, el día termina siendo uno de los más calurosos de los últimos 50 años en Santiago, por lo que con sólo ver la indumentaria, que por medidas de seguridad, es bastante gruesa, imagino cuánto calor se debe sentir mientras Juan Pablo se prepara para la aventura. Rodilleras, pantalones reforzados con cuero en la rodilla, polera, jofa, guantes, casco, antiparras, botas y, dependiendo del circuito, usa un protector cervical. La seguridad, definitivamente, es lo primero.

“Cada piloto se hace responsable por su propio bien”, asegura Juan Pablo, mientras adultos y también niños que no superan los 6 ó 7 años, comienzan a dar vueltas por el circuito. Efectivamente, el motocross es un deporte que se puede practicar desde los 4 años, “para eso hay motos de todo tipo de cilindraje desde los 50 cm cúbicos hasta 450, para expertos”, afirma mientras afina los últimos detalles.

El motocross no es un deporte barato, sólo la moto bordea, como mínimo los tres millones de pesos, mientras que el equipamiento, insumos, entre otros; los 300 mil. “Y bueno, el día de práctica cuesta cerca de 30 mil pesos, entre bencina, peajes y la entrada al circuito -cuesta entre 10 y 15 mil pesos-; pero cuánto gastes dependerá principalmente del nivel que tengas y el que quieras alcanzar”, asegura.

Mientras Juan Pablo, administrador de empresas, da sus primeros giros en el circuito; sólo pienso en lo grave que puede ser una caida. Aunque las medidas de seguridad son extremas, la posibilidad de que ocurra un accidente son altas. Tanto, como la velocidad que alcanzan las motos mientras corren contra el tiempo para mejorar sus marcas.

Las lesiones más comunes son fracturas de clavícula, brazos, fémur o lesiones más complejas aún, como corte de ligamentos cruzados; que significan operaciones y un largo proceso de rehabilitación”, asegura al terminar la primera ronda de práctica mientras se hidrata con abundante líquido.

La buena condición física es primordial. La práctica conlleva al uso constante de casi todos los músculos del cuerpo. Entre saltos y derrapes, “de a poco te darás cuenta que necesitas más entrenamiento. Y ojalá complementarlo con horas de gimnasio”, afirma el rider.

Tras dos años corriendo, el primero como amateur, y desde hace uno, como profesional, Juan Pablo Bardavid, tiene claro lo que depara su futuro. “Llegar a las fechas del campeonato nacional y Pato Corp, y como proyecto de corto plazo, quiero meterme en el podio en la Categoría Novicio y por qué no, correr fuera de Chile para ganar más experiencia”, afirma.

Sin darme cuenta, ya llevamos casi cuatro horas en el circuito. Nunca pensé que disfrutaría tanto un ambiente, donde los hombres son mayoría. Definitivamente, me gustaría ver más mujeres. En fin, es hora de dejar el rugir de los motores para volver cargada de energía y adrenalina. Mientras nos preparamos para irnos, un accidente interrumpe nuestra calma. Un amigo de Juan Pablo cae de la moto, nada grave sucede. Sin embargo, otro rider no se percata de aquello y tras un salto, cae precisamente sobre la moto de su amigo, dañando la máquina.

Por fuerza, nosotros nos vamos a casa, mientras el amigo de Juan Pablo tendrá que ir directo al taller a evaluar los posibles daños. Una vez más, el deporte me recuerda que el riesgo cero no existe, sólo hay que minimizarlos un poco.